viernes, enero 25

CARRERA DE AVENTURAS

Días tras día, semana tras semana, ejercitando cuerpo y mente para el gran desafío del año, la gran carrera.
La meta tan deseada para aquellos que saben que las metas están ahí nomás, pero que no llegan porque sí. Solo se alcanzan cuando uno se lo propone.

El día ha llegado. La aglomeración de esperanzados gladiadores del camino, se entremezcla hilvanando sus deseos y anhelos, escondiendo sus temores, y reservando sus fuerzas para semejante odisea.

La cuenta regresiva llega a su fin, y la polvareda se levanta para dar lugar al movimiento descoordinado de corredores que explotan de emoción y energía enjaulada, donde la aceleración de cuerpos inmóviles, sacuden el nerviosismo inicial de los músculos petrificados.

Por delante están los veinte y pico de kilómetros por recorrer. Caminos inciertos, cubiertos de piedras y obstáculos.
Subidas escarpadas, y laderas por trepar. Arroyos resbaladizos, y ríos profundos por atravesar. Ambientes fríos y calurosos. Soledades y reencuentros ocasionales que visten el paisaje por el cual surcarán nuestros atletas de la vida.

Experiencias pasadas poco sirven para esta nueva aventura. Los kilómetros acumulados en nuestros experimentados calzados, pierden su memoria selectiva y se confunden ante la incertidumbre de un recorrido elegido por otros.

Se corre en forma individual, en equipo, o en postas, pero cada tramo recorrido nos encuentra en la soledad absoluta, donde nosotros mismos somos dueños de nuestros pasos.

Al principio la fuerza acumulada nos empuja sin esfuerzo alguno, pero a medida que avanzamos la fuerza superficial desaparece. Es ahí donde los niños dejan lugar a los hombres. Donde los aprendices dejan lugar a los experimentados.
Y es ahí donde la confianza nubla y confunde, ya que cada carrera, cada camino, y cada subida y bajada son diferentes.

Volvemos a nacer y volvemos a vivir. Nuestra mente borra su disco rígido y se prepara entusiasmada a recibir nuevas vivencias que enriquezcan nuestro espíritu.

Muchos prefieren los caminos conocidos y varias veces recorridos. Sus vidas son estériles y predecibles. Arrinconados en sus zonas confortables, terminan perdiéndose en el árbol, sin llegar a tener el valor de llegar al bosque.

La carrera avanza, mientras cuerpos desanimados cae,  y van pavimentando el recorrido. Las trepadas son empinadas, pero las caídas son interminables.
Las corrientes de los ríos sacuden los huesos más escondidos, mientras los cuerpos entregados flotan a nuestro lado, antes de sumergirse en las aguas del olvido.

No todo es alegría al sentirse vivo y seguir en carrera. Hay momentos que nuestras lágrimas color sangre se deslizan en nuestras rocosas mejillas. Esa rigidez interna no logra ocultar los malos momentos por los que se debe transitar, pero solo lavan el sufrimiento ya que el espíritu se dobla pero no se quiebra.

Las fuerzas flaquean, mientras los músculos se tientan por desintegrarse y dar fin a ese esfuerzo inhumano. El canto de las sirenas nos invita a volver a ser comunes, mientras nuestra mente empieza a cerrar los ojos previa entrega a un sueño embriagador.
Nos forjamos como el acero preparándonos para lo peor, pero subestimamos los caminos de la vida, y de los obstáculos que la suelen acompañar.

A lo lejos, pero no tan lejos vemos la meta, mientras nuestras rodillas se dejan llevar para abrazarse derrotadas al arenoso suelo.
¿Tan fácil es aceptar la derrota? ¿Tan cómodo es decir hasta acá llegué?

Pero no somos así, los que creemos que podemos. Yo no soy así.
¿Qué sería de la vida sin caminos cuesta arriba? ¿Cómo disfrutaríamos los logros sin un poco de transpiración?
Vamos a llegar, esta en nuestra esencia, en la de aquellos que no conocemos la derrota. En la de aquellos que somos humanos. Que sabemos de nuestras debilidades, pero también de nuestras fortalezas.

Y mientras nuestra mente se sonríe con nuestro espíritu, nuestros pies cruzan la meta de un nuevo camino recorrido, de una nueva etapa, ya que seguirán habiendo más en esta carrera de aventuras.