sábado, julio 21

METAMORFOSIS


Era un ser humano común. Hombre o mujer. Para el caso que voy a contar da lo mismo.
Dueño por propia imposición de una vida común; familia común, trabajo común, desafíos comunes.

Un humano promedio, con lo que ello significa. Sin una pizca de sal o azúcar que resaltara el sabor de una vida ambigua, lisa, y sin sobresaltos.
Predecible hasta en las acciones y reacciones, sin anécdotas para contar que no generasen un bostezo somnoliento.

Tal vez por eso, lo que pase a relatar no tenga explicación alguna, o si.

Fue hace un tiempo. Un tiempo lejano y difuso, perdido en la bruma del almanaque.
Solo recuerdo que era gris y frío.

Esa mañana el personaje en cuestión se levanto de la cama para arrancar con su monótono día. Previsible como el del día anterior, y también al posterior.

Pero enseguida su percepción adormecida lo fue llevando a sentir algún cambio. No tenía idea alguna de lo que estaba sucediendo, pero algo había en él que ya no era lo mismo. La oscuridad de su habitación no le permitía observarse frente al espejo, mas un temor oculto no lo dejaba encender la luz del lugar.

Comenzó lentamente a palpar su cuerpo en busca de algún cambio en su aspecto.
Nada en absoluto. Al tacto parecía el mismo.
Eso le dio coraje y decidió por fin alumbrar el lugar.

La luz se hizo, y con ella apareció el asombro, la sorpresa, el temor, y la falta de entendimiento.

Al principio sus ojos no podían enviar un mensaje para que su pequeño, y poco exigido cerebro pudiera decodificar lo que veía, o en términos más exactos, lo que no veía.

Pues es lo que sucedió. Había desaparecido, por lo menos frente a sus ojos. No se veía asimismo. En una palabra era invisible.
Si no fuera por su desgastado pijama azul, que flotaba en el aire, hubiera necesitado más tiempo para reconocer su nueva realidad.

¿Que hacer ahora? ¿Como sobrellevar esta nueva situación? ¿Sería para siempre o existiría alguna cura médica?

Siguió pensando sobre su futuro por llegar. Sobre como sería su vida diaria, y empezó a recorrer sus momentos.

Su despertar era en soledad, nadie lo acompañaba en su temprano desayuno. El resto de los habitantes de la casa dormía. Hasta el perro.
Sus mañanas pasaban desapercibidas para el resto. Mas de una vez se había sentido como sino existiese. Como si fuese invisible.

En cuanto a su trabajo diario, siempre detrás de un escritorio analizando carpetas e informes que le dejaban, y que solo eran retiradas cuando estampaba un inexpresivo sello con la leyenda: Controlado.
Muy poca interacción con sus compañeros de oficina, ya que todos cumplían con la misma función.
Siempre se escuchaba un buen día o una hasta mañana generalizado. Nunca un nombre de pila. Nunca un apellido.
El silencio sepulcral era solo interrumpido por el ruidoso choque de los sellos contra las carpetas amarillentas.
Siempre se pregunto si alguno de los otros oficinistas recordaría su cara si llegara a desaparecer, y su triste y sincera respuesta interna era que seguro que no.

De su trabajo a su casa, luego de una larga jornada que le hacia presenciar la misma situación matutina; todos ya comidos y durmiendo, y su única compañía un plato frío de comida y un vaso de agua.

Con dolor llegó a la conclusión sobre que su invisibilidad hacia tiempo que existía, pero que el nunca la pudo ver. Tal vez ahora su mente y su cuerpo se habían unido en una realidad mas presente que su invisibilidad.

A partir de entonces deambula por este mundo sin ser recordado ni extrañado.
Nadie lo ha visto ni lo volverá a ver. Es uno de esos cuantos seres invisibles que se conforman con una vida común, sin esperanza, ni desafíos.
Pasan por este mundo sin dejar rastro ya que son invisibles.

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