domingo, febrero 5

FANTASMAS


El relato que paso a contarles, no sé si me ocurrió realmente o lo soñé. Ambas situaciones se entremezclan y no me permiten saber la verdad.

Es cierto que a veces duermo y sueño con los ojos abiertos, como queriendo asegurarme que sigo atado a mi mundo personal, y que todas las ocurrencias engañosas de mi mente, son solamente irrealidades, no parte de mi vida.
No menos ciertos es que hay días en que vivo con los ojos cerrados, como queriéndome ocultar de la realidad, o tal vez por un exceso de confianza, al entregarme a la vida sin mirar ni ver.

La cuestión, y vamos directo al grano, fue que un día en mi cuarto aparecieron de la nada, cuatro figuras desdibujadas volando sobre mí.
No hubo miedo en mi reacción, sino una falta de comprensión de la situación. Un arma de defensa tal vez más útil que el miedo. Una forma de negar lo que mis ojos me devolvían, para darle tiempo a mi mente a racionalizar el extraño encuentro.

La sorpresa fue mayor cuando se estacionaron sobre los pies de mi cama, y comenzaron a comunicarse conmigo. No usaban palabras, ni sonidos, pero mi mente podía traducir esa extraña forma de habla y ajustarla a mi comprensión.

La primera comenzó a enumerar las personas que me habían abandonado, rechazado, o ignorado. Poco a poco el círculo de relaciones humanas me lo fue achicando, aprisionando, hasta solo dejarme un punto donde me pude esconder.
Prosiguió describiendo el espacio mínimo en que ahora me encontraba, sobre un punto, con pocos milímetros cuadrados de lugar para que pudiera moverme, y con menos milímetros cúbicos para respirar. Sin querer me empecé a asfixiar. Estaba logrando su cometido.

Ahí le pasó el turno al segundo espectro, quien con un tono pausado y firme maniató a mi mente, y la arrastró por los caminos del fracaso, mostrándome errores y equivocaciones de acciones pasadas, y las lastimosas consecuencias.
Así fue como el piso de mi punto desapareció, y comencé a caer en un pozo sin final, queriéndome aferrar a aquellos logros que creía recordar.

Antes de llegar al final de mi caída, el tercer aparecido comenzó con su monólogo. Como un estratega de la guerra, fue manejando su alocución para que mi mente se fuera preparando para el dolor de la caída, y que la misma sufriera más que el cuerpo mismo.
Ya no sabía si mi cuerpo había golpeado fuertemente contra el suelo, pero mi mente gritaba de dolor por roturas de huesos que no se habían roto, y por vertientes de sangre, de heridas que no se habían producido.

Ya mareado ante semejante espectáculo comenzó a comunicarse el cuarto fantasma, el más oscuro y siniestro de todos. Solo escucharlo hacía que mi cuerpo se estremeciera de un frío gris.
Ya mi cuerpo ni dolía ni sangraba. Es más, ya no tenía cuerpo. Solo un espíritu quedaba presente, enfrentando el último ataque de la muerte.
Con una habilidad manifiesta, fue dibujando su argumentación del porqué mi espíritu debería seguirlos, como los mortales que se entregaban a sus brazos, y dejaban que sus destinos fuera manipuleados por ella.

Aquí termina mi relato. No recuerdo más. No sé si fue real o soñado. Solo sé que a partir de entonces, cada día que pasa, lo vivo con mayor intensidad.

A la soledad la lleno con pensamientos, disfrutes, amistades, y amores.
Al fracaso lo lleno con esfuerzo, pasión, aprendizaje, y esperanza.
Al dolor lo lleno con valentía, fortaleza, superación, y perdón.
Y a la muerte la lleno con vida, más vida, mucha más vida, y con seguir viviendo……

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