viernes, febrero 10

EL LOCO


No recuerdo cuando apareció en esa esquina por primera vez. Los graciosos dicen que vino con Colón y que se lo olvidaron.
Otros que bajo de un plato volador que estaba buscando a ET.

Siempre vestido con el mismo desgastado y marchitado smoking, y con su sombrero playero. Una mezcla de Chaplín y el Capitán Piluso, pero sin la alegría de estos.
Su mirada triste y perdida nos llevaba por los distintos caminos de la imaginación, en busca de alguna explicación o historia que nos aclarara sus orígenes.

No hablaba con nadie o con todos. Más bien se decía que hablaba consigo mismo en voz alta. Un mensajero de su interior que se expresaba en una lengua inentendible para el ser humano. Una amalgama de sonidos que se esforzaba por decir algo. Por contar un cuento, una historia.
En síntesis un relato sobre su vida pasada y su estado actual.

Era el tema de conversación a diario de las chismosas de la peluquería o de los jubilados que hacían sus compras en el viejo almacén, último reducto de lo que alguna vez realmente fue un barrio tranquilo.

Aunque lloviese a mares, o aunque el sol derritiese al mismo infierno, no dejaba de aparecer día tras día en su esquina. Su refugio de este mundo. Su hábitat natural.
Nunca se lo vio ni comer ni beber mientras permanecía ahí parado.
Era el primero en estar y el último en irse. Ya era parte de la arquitectura urbana del lugar.

Tal vez purgaba algún pecado. Una cruz que decidió cargar para compensar un pasado oscuro.
Tal vez esperaba al amor de su vida. Una cita nunca llevada a cabo, sobre la cual él nunca perdió las esperanzas.
Tal vez se ilusionaba con que alguien le hablara para contarles algo.
O solo pretendía que se lo tuviese en cuenta. Sentir que existía, que no era un poste más de la esquina.

Su única compañía comprobada, han sido los escasos pájaros, que revoloteaban a su alrededor, como renovándole el oxígeno con sus alas.
Dicen que algunas veces los niños pequeños se le han acercado a hablarle. Hasta hay un vecino que dice haberlo visto sonriendo a una niña de ricitos de oro y pecas.
Mitos urbanos que le dieron mayor trascendencia a su presencia.

Los adultos nunca nos hemos podido acercar. No es que nos asustaba su presencia, pero quien quiere ponerse a hablar con un loco, habiendo tantos problemas reales por los cuales ocuparse.
No es que nos fuese a hacer algo, si hasta tenía cara de bueno. Pero para que cargar con los dramas y vivencias de una persona que había decidido vivir de esa manera.
Debió haber un motivo muy fuerte para que fuera así, una razón más para no enterarse.

No recuerdo el día, solo que fue en otoño ya que las hojas comenzaban a abandonar el cómodo refugio de los árboles.
Esa mañana el loco no vino a la cita. Su esquina quedó desnuda de su presencia.
El barrio quedó desnudo. Las culpas por no haberle tendido una mano, o haberse prestado a escucharlo nublaron la mente de muchos, y hasta algunos lloraron.

Con el tiempo todo volvió a la normalidad. Pero él no volvió.

1 comentario:

Lhurgoyf dijo...

Muy buena entrada me ha gustado, me ha recordado a cierto "loco" que aparecía por mi barrio