domingo, enero 22

FRENTE A FRENTE


Había terminado un año muy duro. Tanto en lo personal como en lo profesional. Y el año nuevo había comenzado de la misma manera.
Puntualmente ese día necesitaba desconectarme. Tenía que salir a la calle a perderme en la multitud. Contagiarme de compañía, o camuflarme entre los demás seres vivientes para que las preocupaciones no me encontraran.

Todo es mental, lo tenía claro, pero mis fuerzas no podían restablecerse. Tal vez las próximas vacaciones se ocuparían de hacerlo, aunque eso sucedería dentro de un mes. Una eternidad para mi estado de ánimo actual.

Me dejé llevar por la marea humana. Una calle peatonal que iba en un solo sentido, y donde la corriente me arrastraba cual madero flotando en el río.

En un punto pude desviarme, y quedé atrapado frente a una vidriera de una librería. A mi lado, un chico de unos diez años miraba con entusiasmo los libros expuestos, hasta que mi presencia sacudió su manifiesta tranquilidad.

El niño clavo su mirada en mí como si me conociera, y tras el impacto inicial comenzó su interrogatorio: “Tienes la cara muy tensa. Hay más surcos en tu rostro, que los que cruzan el campo de mi tío abuelo”, comenzó la conversación sin ningún tipo de inhibiciones.

No tuve tiempo de contestarle, ya que la segunda ráfaga de metralleta sacudió mi ser. “¿Es que nunca juegas?”, preguntó sorprendido, y con tono burlón.

Solo pude esbozar un “pues…”, ya que su tercer comentario corto cual guillotina mi poca capacidad de respuesta. “Tan viejo eres que no tienen más energía”, descargó su comentario cual aguja que se clava en la piel.

Tratando de contener mi enojo ante semejante demostración de falta de respeto, me puse a pensar como explicarle lo que significaba la responsabilidad. De cómo hacerle entender que muchas veces a uno no le queda otro camino que dejar muchas cosas de lado en pos de resolver cuestiones y problemas para los cuales nos hemos comprometido al asumir ciertas posiciones en la vida.

Su mirada se transformó como entendiendo lo que yo pensaba, y en un tono pausado y menos cuestionador empezó a relatar hechos que me resultaron familiares.
Con una voz suave y alegre, contó entre sonrisas, las travesuras que con sus hermanos realizaban durante la ausencia de sus padres.
También, cual historieta, dibujo con sus palabras las aventuras vividas con sus amigos en los veranos junto a la playa.
No menos interesante resultó la descripción de sus momentos de soledad, donde junto a los elementos de los más variados, dignos de un taller, su creatividad se dejaba llevar por los caminos sin límites, para inventar los más estrafalarios juguetes.

A medida que iba escuchando al niño, sentí como que mi rostro se relajaba, y que todas las tensiones que tenía se diluían sin dejar rastros.
Es como que una bocanada de aire joven hubiera tomado el control de mi ser, siendo tal vez la misma, la causa por la cual empecé a reconocer la cara del niño, que en realidad ya no estaba a mi lado, sino que ahora se reflejaba en la vidriera.

Tanto tiempo sin verlo. Cuanto había disfrutado de él, hasta que las vicisitudes de la vida, o el paso del tiempo, nos habían alejado.
Hasta los recuerdos se habían borrado de mi mente. Ahora los mismos volvían para despertar mi memoria de su largo letargo, y a sentir cierta nostalgia por mi niñez olvidada.

Poco a poco el reflejo del niño sobre el vidrio de la librería se fue esfumando, dejando el lugar a mi rostro actual, el maduro. Sin embargo, muy dentro de mí, el niño volvía a vivir.
Y así me alejé de ese lugar mágico, caminando nuevamente entre la multitud, pero ya sin arrugas en la cara……

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