miércoles, septiembre 7

LA PLAYA


Este invierno me encontró de paso por la playa. Fin de semana de trabajo y/o retiro, cargados de días grises y destemplados.

Una tarde libre salí a caminar por la playa. Solo las gaviotas me acompañaban.
Como en mi adolescencia, descalzo y con los pantalones arremangados, me puse a caminar por la arena, en el límite donde las olas mueren en la costa.

La playa es rara. Genera tranquilidad pero también ruido. Una simbiosis de paz y excitación. Las olas rompiendo contra la costa son una sinfonía ruidosa.

Por otro lado, la vista del mar perdiéndose en el lejano horizonte, simula a la perfección el pensamiento humano, como cuando nuestra mente navega en busca de una respuesta concreta.

Y que decir si el día es nublado. La tonalidad verdosa del mar, con un fondo gris oscuro, generan un marco de la calma que precede la tormenta.
Como cuando uno se toma esos segundos de silencio antes de proclamar las verdades acumuladas. Nuestras verdades.

Uno sigue caminando. De un lado el mar y su eterno horizonte. Del otro lado la arena, que con los pies en la tierra, va transformándose sutilmente en médanos, recuerdos de figuras femeninas.

Cada tanto tenemos la suerte de toparnos con un caracol marino, de esos que tienen cautivos sonidos, cuentos e historias de un pasado.
Muchos los levantan y se los llevan de adorno a sus casas, robándoles la oportunidad a los demás de encontrar sus historias perdidas.

Allá lejos unos chicos construyendo castillos de arena. La inocencia de la infancia les permite creer en proyectos duraderos.
Con el tiempo la realidad les enseñara que a veces hay proyectos que se caen como esos castillos. Los buenos se hacen con paciencia y mucho esfuerzo.

Una leve llovizna comienza a caer. Una mezcla de gotas de mar que el viento se lleva y una lluvia que quiere terminar con mi caminata.
El gusto salado del agua se mezcla con mis sabores, los cuales me retrotraen a eventos pasados y agrios.

La caminata va llegando a su fin. Allá a lo lejos diviso el faro sobre el acantilado rocoso.
Durante la noche, su potente luz es el punto de referencia de viajeros en busca de un sentido, cual refugio de los perdidos.
De día, se yergue imponente, con actitud desafiante ante las tempestuosas aguas del océano, prepotente y soberbio.
Comprensión y desprecio en un solo lugar.

Al final de la caminata miro hacia atrás. Solo quedan algunas huellas visibles.
Las livianas las borró el mar y el viento. Las pesadas perduran y expresan el legado que supe construir. Quienes vengan detrás las podrán seguir y continuar el camino que yo comencé.

Me gusta caminar por la playa. Es un ambiente que me invita a pensar. Me permite encontrarme a mi mismo, y a los demás…………

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