lunes, enero 24

LA MOCHILA


Finalmente llegó el momento. Fueron meses de juntar peso tras peso para el viaje. Meses de planificar los lugares a visitar, los medios de transporte a utilizar; donde dormir y donde comer.
Ningún detalle librado al azar, no iba a ser cosa de que algo saliese mal. Era su sueño, y estaba a punto de llevarse a la realidad.

Solo faltaba armar la mochila y esperar la hora de partida. Solo un trámite. Meter las cosas necesarias en la mochila roja y negra de 90 litros de capacidad. Un montón de lugar. La tarea sería fácil, ¿fácil?

Como todo en la vida, cuando algo es finito, implica tomar algo y dejar el resto. No podemos tener todo al mismo tiempo. Pero, ¿qué llevar y que dejar en la mochila?
Hay cosas útiles, y necesarias. Hay otras pesadas, y que ocupan lugar. Siempre están aquellas cosas que llevamos por las dudas, y otras que llevaremos y jamás usaremos.
Y finalmente están las cosas que nos abrigan, y aquellas que nos permiten andar livianos.

La verdad que el armar una mochila de viaje es muy parecido a nuestra mochila de los recuerdos que cargamos en la vida. ¿No es acaso la vida un viaje también? ¿No tiene un inicio y un final? ¿No nos fijamos un destino y un plan para llegar al mismo?

En nuestra mochila guardamos cosas grandes y pesadas, que ocupan lugar y nos consumen energía el llevarlas. A veces no nos damos cuenta cuando las guardamos, pero empezamos a sentirlas durante el viaje.

Por otro lado nunca faltan aquellas cosas que llevamos por las dudas. Nunca las terminamos usando, pero siempre las llevamos. Terminan siendo inútiles pero no tenemos el valor y el coraje para algún día decir basta y abandonarlas.

A veces llevamos cosas repetidas. Por si se rompe o se pierde algo, tenemos el backup. Tal vez implique una falta de confianza en cambiar por algo distinto, y querer ir siempre a lo seguro.

También están las cosas viejas que siempre hemos llevado, y que nos cuesta dejar. Pasa como en el caso anterior; la seguridad de lo conocido.

Por suerte a veces llevamos cosas multiuso. Son las que nos permiten adaptarnos a distintas situaciones y ser flexibles. Su utilidad es manifiesta.

Muy pocas veces nos animamos a ir con una mochila vacía, para llenarla durante el viaje. Esto nos permitiría explorar y buscar cosas nuevas. También correr el riesgo de no conseguir nada, y que nos falte todo.

Finalmente, están aquellos quienes prefieren que otros les armen la mochila. No quieren ser dueños de su destino, sino esclavos del mismo.

Un viaje es un hecho repetible, y la experiencia nos permite ir mejorando el proceso de armar nuestra mochila.
En cambio el viaje de la vida es único, pero con etapas diferentes. En cada una podemos ordenar nuestra mochila, hacer cambios o no.
Una buena decisión a tiempo nos permitirá disfrutar más del viaje.

¡Ahora!, a viajar…

domingo, enero 16

LÁGRIMAS


Nací sensible como todos. La vida me hizo duro (¿duro?). Como en The Wall, puse ladrillo sobre ladrillo, y cree mi defensa.
¿Porque? No sé. Se lo dejo a Freud.

La vida es única. Para poder saborearla tenemos los sentidos. Y para poder amalgamarla con nuestra alma tenemos las emociones.
Vivir es sentir, y sentir es ser humano.

La vida te da sorpresas. La vida es incertidumbre. Ningún día es igual a otro. He ahí el encanto, y el temor que genera.
Podemos ser actores o espectadores. Podemos escribirla o podemos contarla.
¿De que lado estás?

La vida es sinónimo de alegrías y tristezas. Ambas resumen lo más fuerte de las emociones, y encuentran su síntesis en las lágrimas.
Y como bien dicen los poetas, las lágrimas enjuagan las penas del alma, y agregaría que también inundan los ojos cuando el alma rebalsa de alegría.

Ahora bien, ¿que hace que algunos tengan la capacidad de llorar, y otros no?
¿Falta de sentimientos, o miedo a dejarlos fluir?

Todos tenemos sentimientos, con lo cual nos quedamos con el miedo a dejarlos fluir. ¿Y entonces? ¿Miedo a que se desborde el dique y no sepamos como contener la inundación?
¿Miedo a dejarnos llevar?

Las lágrimas derramadas son amargas, pero más amargas son las que no se derraman, reza un proverbio irlandés. ¿Será esa la causa de mi hernia hiatal?

Se suele asociar las lágrimas en los hombres a debilidad. Supuestamente los hombres no lloran. ¿Será que los súper hombres sí, total después se reconstruyen?

A lo mejor la causa de la inexistencia de lágrimas en mi historial sea la falta de vivencias movilizantes. Lo dudo. Ni más ni menos que el resto de los mortales.
Tampoco me preocupa, aunque para algunos parezca un bicho raro. ¿O será que me estoy perdiendo algo?

Tal vez debería seguirlo a Séneca quien dijo: “no hay mayor causa para llorar que no poder llorar”.