jueves, octubre 22

CRISTINA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS - 1° PARTE


Estaba empezando a oscurecer, en un agradable día de primavera. Cristina estaba sentada en su banca del cenado, su lugar predilecto del jardín al cual llamaba cenado ya que recurría al mismo una vez terminada la cena.
En realidad, terminada era una forma de decirlo, ya que nunca sucedía. Resulta que el carácter adolescente de Cristina no le permitía llegar al final. Su creencia de que siempre tenía razón en todo, y su imposibilidad de manejar el impulso de siempre querer quedarse con la última palabra, la ponían en una situación de eterno conflicto con sus padres, razón por la cual volvía noche tras noche a su querida banca.

Esta situación no le preocupaba. Es más, la disfrutaba. Desde su banca del cenado, ella podía soñar con un sequito de seguidores, quienes aclamando su nombre, no dejaban de pensar en lo brillante, pensante, y líder que era. Así, ella, podía visualizarse como una estadista indiscutible. Una mujer de temple, y de armas tomar. Alguien a quien el destino la había elegido para esas cruzadas épicas, propia de los grandes de la historia



Pero a pesar de su visión soñadora sobre alguien diferente, con una mirada profunda a los problemas globales, no desatendía su lado femenino. Siempre con un vestido correcto, de última moda, adornado con una cartera del mismo tono, completando ese conjunto que la hacía ver glamorosa.

Su vida transcurría así. Esperando el mejor momento del día, cuando sus padres la enviaban a la banca, no para castigarla, sino para descansar de ella. Parecía un arreglo no formalmente planteado, ya que ella nunca hubiera aceptado algo en lo cual tuviera que respetar una formalidad.

Pero esa noche fue distinta.
No fue por los pensamientos fugaces girando dentro de su cabeza. Tampoco los discursos que solía practicar frente al hueco del árbol, de forma tal que sonaran más profundos. Y mucho menos los gestos que interpretaba, que de tanto practicarlos frente al espejo, ya los tenía incorporados a su ritual.
Fue el pingüino corriendo por el fondo del jardín lo que alteró su fantasía.

“Quien eres y que haces perturbando mi momento de gloria”, dijo en tono amenazante Cristina.


“¿Qué te pasa? ¿Estás nerviosa?”, contra atacó el pingüino con paso cansino. “¿Nunca viste un pingüino del sur? Ando buscando un prescindible”.

“¿Un prescindible? Si esos no sirven para nada”, apuntó Cristina, pero con tono de intriga.

“Resulta que necesito alguien que se ocupe de los quehaceres a los cuales ya no puedo atender. Además me tengo que ocupar de cosas más importantes” aclaró nuestro nuevo personaje.
“Debo buscar 11 camaleones para el equipo de fútbol contrario”, prosiguió con su explicación. “De esa manera me aseguro el partido, ya que a mitad de tiempo se cambian de color y somos todos del mismo equipo. Así no hay forma que pierda. No me gusta perder a nada”.

“Pero los camaleones tienen principios. No cambian su color por nada. Lo hacen cuando se sienten amenazados”, comentó Cristina, intentando buscar un argumento altruista, aunque se sintió incomoda al plantearlo.

“Todo es cuestión de verdes”, dijo el pingüino con seguridad. “Son herbívoros, y cual parásitos de la naturaleza el verde de las hojas les apasiona”.
“Si no me crees, ven y sígueme que te mostraré como funciona. Saltemos al hoyo”, y tras decir eso salió a la carrera hacia una urna que había al final del jardín, y a la cual Cristina nunca había prestado atención.

“Pero eso es una urna, no un hoyo. Quedaremos atrapados en el fondo de la misma”, comentó asustada Cristina.

“No te preocupes. Es solo una ilusión óptica. Todos piensan lo mismo que ti, pero la urna no tiene fondo, con lo cual todos los deseos y esperanzas que se depositen en ella se perderán para siempre”, y una vez terminada la frase el pingüino saltó dentro de la misma.

Cristina dudo por un instante, pero le atrajo la idea de aprender de este pingüino. “A mí tampoco me gusta perder a nada”, pensó. Y acto seguido saltó hacia su nuevo destino……

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