jueves, octubre 29

CRISTINA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS - 2° PARTE


Caía y caída por el profundo hoyo. En las paredes se podía leer: “honestidad, valores, oportunidades, futuro, trabajo, esperanza, etc., etc.”. Todos los deseos y esperanzas perdidas tal cual le había dicho el pingüino.
Y seguía cayendo. “Se ve que para llegar hay caer muy bajo”, pensó para sus adentros.

Finalmente aterrizó en una pequeña habitación sin ventanas, con una pequeña puerta, una mesa con dos pilas de diarios, y el pingüino a punto de cruzar por la diminuta salida.
“Pingüino, aún no se tú nombre. El mió es Cristina”, a modo de presentación se dirigió a su nuevo amigo, mientras con esfuerzo se incorporaba de la reciente caída.

“Me dicen CA”, se presentó el pingüino. “K”, repitió Cristina. “No, CA”, aclaró suavemente. “Es un sobrenombre que me pusieron mis ex amigos por las veces que iba al baño....”, intentó aclarar.
“No entiendo”, replicó Cristina. “Al lado mío, con el tiempo entenderás” fue la contestación que recibió a cambio.



Finalmente CA decidió salir de la habitación, pero antes le explicó a Cristina: “para salir de acá tendrás que encogerte. Sobre esa mesa hay dos pilas de diarios. Uno te encoje y el otro te agranda. Lee el que te encoje y podrás pasar”. Y sin más que decir salió con su paso cansino. Cristina no tuvo tiempo de preguntarle cual era cual. Debía averiguarlo por sus propios medios.

Con una rápida mirada le atrajo el que hablaba bien de ella: “Es brillante. Es la estadista que todos necesitamos. La gente la quiere e idolatra. El mundo aclama la profundidad de sus frases y pensamientos…..”. Ahora se sentía inflada en su ego. En su vanidad. En su superioridad inmerecida. También sentía que ahora era mas alta. Se había equivocado de diario.
Tomó rápidamente uno de la otra pila, y comenzó a leerlo; “La soberbia le impide ver la realidad. No entiende hacia a donde va el mundo. El resentimiento que esconde detrás de una postura ideológica complica la convivencia entre quienes opinan diferentes…”. Cuán chiquita se sentía. Y en realidad también lo estaba.
Ya podría pasar por la pequeña puerta, pero ante de cruzarla se llevó un trozo del diario que más le gustaba, por si necesitaba recuperar su tamaño.

Ahora se encontraba en un frondoso campo, repleto de yuyos. Yuyos ricos en proteínas vegetales como ese cultivo nocivo para la humanidad, la soja.
Se puso a caminar entre medio del mismo, esperando encontrar a su nuevo amigo CA. No lo veía por ningún lado. Solo lograba escuchar un fuerte murmullo detrás de unos arbustos.
Cuando llegó a ellos pudo ver al pingüino sentado en una larga mesa junto a una morsa bigotuda, y a un animal raro. Mitad Pato, mitad Tero a quien apodó Patotero. Estaba rodeado de calculadoras, y solo apretaba teclas y más teclas, mientras las cintas impresas lo iban envolviendo al grito de: “estos precio tienen que bajar, estos precios tienen que bajar….”.

Estaban todo preparándose para tomar el “5 o’clock tea”, típico rito de costumbres importadas de aquellos que quieren aparentar ser otra cosa, ya que su pasado los condena.

Solo faltaba un mono que les sirviera y alguien cantaría bingo. “Bingo”, gritó CA. “Ahí viene la mona Delía a servirnos el té”.

Cristina salió de entre los arbustos y CA la presentó ante los comensales. “La morsa Aníbal, Morenito el calculador, y nuestra servil Delía. Ella es Cristina. Tiene aires de grandeza por lo cual la invite a conocer nuestro mundo”.
“Hola a todos”, se presentó Cristina tras incorporarse a semejante grupo.

La ceremonia del té transcurrió sin pena y sin gloria. Los presentes se dejaron llevar por recuerdos del pasado, los cuales iban sacando de pesadas mochilas acostumbrados a cargarlas, sin nunca desprenderse de las mismas.
“No hay nada mejor que remontarse al pasado, para justificar nuestras acciones del presente. Si nos olvidamos del pasado perderemos ese halo de respeto. Reivindicar el pasado es lo que nos permite nublar el presente”, exponía CA con toda vehemencia. Y a coro respondían los otros: “se siente, se siente, CA prescindente”.

“Gracias muchachos, pero ya no es más mi turno. Ahora es tiempo de otro prescindente”, agradecía CA al tiempo que miraba de reojo a Cristina.

Al cabo de un buen rato CA y Cristina se despidieron del grupo, y siguieron camino por el nuevo mundo.
Caminaron y caminaron hasta que llegaron a un alto muro. Se detuvieron sorprendidos ante la presencia de un hombre huevo parado en lo más alto del muro.

“¿Quién eres y que haces ahí arriba?”, le preguntaron los dos al unísono.
“Soy Carta Magna, y he logrado subir a lo más alto de la convivencia humana, pero ahora con los tiempos que corren tengo miedo de caerme y romperme. Las bases del muro no son tan sólidas como antes”, contestó el asustado huevo.


“No te preocupes nosotros te atraparemos si te caes”,
le transmitieron nuevamente al unísono CA y Cristina, al mismo tiempo que simulando un descuido se apoyaban contra el muro, generando un sacudón que hizo que Carta Magna se precipitará al suelo.
No pudiendo cumplir su promesa de atraparlo, Carta Magna se rompió en varios pedazos al llegar al suelo.
“Ahora que haremos”, preguntó Cristina a su compañero CA. “Tomemos los pedazos que más nos gusten, y veremos luego de pegarlos”, contestó CA mientras recogía unos pocos restos.

Luego de tal suceso, continuaron su camino en búsqueda de nuevos rumbos.

Pasaron un par de horas cuando divisaron un cartel que indicaba “Plaza de Mayo 3 kilómetros”.
“Tengo la impresión que estamos por llegar a nuestro destino final”, exclamó CA.
“Así lo espero”, contestó Cristina, visiblemente molesta por las promesas de un mundo nuevo que le venía haciendo su amigo pingüino desde que partieron de la banca del cenado, y que aún no se habían cumplido……

jueves, octubre 22

CRISTINA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS - 1° PARTE


Estaba empezando a oscurecer, en un agradable día de primavera. Cristina estaba sentada en su banca del cenado, su lugar predilecto del jardín al cual llamaba cenado ya que recurría al mismo una vez terminada la cena.
En realidad, terminada era una forma de decirlo, ya que nunca sucedía. Resulta que el carácter adolescente de Cristina no le permitía llegar al final. Su creencia de que siempre tenía razón en todo, y su imposibilidad de manejar el impulso de siempre querer quedarse con la última palabra, la ponían en una situación de eterno conflicto con sus padres, razón por la cual volvía noche tras noche a su querida banca.

Esta situación no le preocupaba. Es más, la disfrutaba. Desde su banca del cenado, ella podía soñar con un sequito de seguidores, quienes aclamando su nombre, no dejaban de pensar en lo brillante, pensante, y líder que era. Así, ella, podía visualizarse como una estadista indiscutible. Una mujer de temple, y de armas tomar. Alguien a quien el destino la había elegido para esas cruzadas épicas, propia de los grandes de la historia



Pero a pesar de su visión soñadora sobre alguien diferente, con una mirada profunda a los problemas globales, no desatendía su lado femenino. Siempre con un vestido correcto, de última moda, adornado con una cartera del mismo tono, completando ese conjunto que la hacía ver glamorosa.

Su vida transcurría así. Esperando el mejor momento del día, cuando sus padres la enviaban a la banca, no para castigarla, sino para descansar de ella. Parecía un arreglo no formalmente planteado, ya que ella nunca hubiera aceptado algo en lo cual tuviera que respetar una formalidad.

Pero esa noche fue distinta.
No fue por los pensamientos fugaces girando dentro de su cabeza. Tampoco los discursos que solía practicar frente al hueco del árbol, de forma tal que sonaran más profundos. Y mucho menos los gestos que interpretaba, que de tanto practicarlos frente al espejo, ya los tenía incorporados a su ritual.
Fue el pingüino corriendo por el fondo del jardín lo que alteró su fantasía.

“Quien eres y que haces perturbando mi momento de gloria”, dijo en tono amenazante Cristina.


“¿Qué te pasa? ¿Estás nerviosa?”, contra atacó el pingüino con paso cansino. “¿Nunca viste un pingüino del sur? Ando buscando un prescindible”.

“¿Un prescindible? Si esos no sirven para nada”, apuntó Cristina, pero con tono de intriga.

“Resulta que necesito alguien que se ocupe de los quehaceres a los cuales ya no puedo atender. Además me tengo que ocupar de cosas más importantes” aclaró nuestro nuevo personaje.
“Debo buscar 11 camaleones para el equipo de fútbol contrario”, prosiguió con su explicación. “De esa manera me aseguro el partido, ya que a mitad de tiempo se cambian de color y somos todos del mismo equipo. Así no hay forma que pierda. No me gusta perder a nada”.

“Pero los camaleones tienen principios. No cambian su color por nada. Lo hacen cuando se sienten amenazados”, comentó Cristina, intentando buscar un argumento altruista, aunque se sintió incomoda al plantearlo.

“Todo es cuestión de verdes”, dijo el pingüino con seguridad. “Son herbívoros, y cual parásitos de la naturaleza el verde de las hojas les apasiona”.
“Si no me crees, ven y sígueme que te mostraré como funciona. Saltemos al hoyo”, y tras decir eso salió a la carrera hacia una urna que había al final del jardín, y a la cual Cristina nunca había prestado atención.

“Pero eso es una urna, no un hoyo. Quedaremos atrapados en el fondo de la misma”, comentó asustada Cristina.

“No te preocupes. Es solo una ilusión óptica. Todos piensan lo mismo que ti, pero la urna no tiene fondo, con lo cual todos los deseos y esperanzas que se depositen en ella se perderán para siempre”, y una vez terminada la frase el pingüino saltó dentro de la misma.

Cristina dudo por un instante, pero le atrajo la idea de aprender de este pingüino. “A mí tampoco me gusta perder a nada”, pensó. Y acto seguido saltó hacia su nuevo destino……