lunes, julio 14

EL CONGRESO


Hace dos semanas fue noticia, y en pocas horas lo volverá a ser. El congreso tiene la responsabilidad de destrabar el conflicto entre el gobierno y el campo, o mejor dicho entre una parte de la sociedad y la otra. Lamentablemente creo, que cualquiera sea el resultado que surja de la votación en Senadores, el conflicto seguirá.
Igualmente no es mi intención discutir sobre el conflicto, sino sobre el congreso, más específicamente la “Honorable” Cámara de Diputados.

Durante las semanas que duraron los debates en las comisiones, y en el recinto estuve bastante atento de lo que sucedió, especialmente en este último ya que seguí los debates por TV el viernes 4 de julio, y el sábado por la mañana. Pude entender más como actúan y sobre que base arman sus discursos, y con que fin. Fue un gran aprendizaje para mí, y que si bien pasaron dos semanas, me permite expresar algunas ideas de cómo mejorar su funcionamiento.



Una democracia republicana como la nuestra consta de tres poderes. Un poder legislativo, conformado por diputados y senadores, representantes de las mayorías y minorías, de las distintas provincias, y de las distintas ideas. Su función es generar las normas de convivencia de nuestra sociedad, tratando de consensuar los distintos intereses, para que las leyes que emitan generen los mayores beneficios para todos los ciudadanos.
Luego un poder ejecutivo con la obligación de llevar a cabo un proyecto país para todos, sobre la base de las normas que le imponga el poder legislativo.
Finalmente el poder judicial quien tiene la obligación de subsanar discrepancias entre los ciudadanos.
Un poco resumido, vemos cual es la responsabilidad de cada uno de los poderes, para que dicha separación de poderes contribuya a tener un país para todos, y no para una minoría.

Ahora bien, yendo al punto en cuestión, ¿funciona de esta manera el poder legislativo? Si bien las conclusiones las obtuve analizando el comportamiento del mismo durante el debate al que hice mención al inicio, a las mismas se podría haber arribado en cualquier otro momento de los últimos 25 años de democracia continua.

Primero los discursos escuchados tienen como fin o justificar el voto, o que se sepa porque votan, pero en ningún momento tratar de generar el debate para buscar la ley óptima. Esto no es culpa solamente del diputado que emite el discurso, sino también del resto ya que nadie esta dispuesto a cambiar el voto por un argumento racional y convincente del otro. En realidad no se escuchan, salvo para responder agresiones personales o grupales, las cuales no aportan nada al debate.

Hay diputados que no pueden ni hablar. Hubo una diputada sumamente nerviosa, que confundía las palabras y las ideas. Considero que el ser diputado es un honor, y por ende uno tiene que tener las capacidades para hacerse cargo de ese honor. No podemos tener legisladores que solo sepan balbucear. No todos podemos tener la capacidad para ocupar cualquier función en la vida.
Esto también le cabe a aquellos diputados con discursos grandilocuentes, que tampoco aportan. Es más bien una prolija puesta en escena, pero solo para quien lo expone.

Hay muchos legisladores que su única tarea durante toda su vida fue la política, y no tienen la menor idea de lo que es manejar un negocio y/o comercio. Que nunca tuvieron que hacerse problema por pagar sueldos a fin de mes, o de donde sacar fondos para pagar impuestos. Que nunca tuvieron que pensar una nueva idea de negocio para no desaparecer del mercado. Solo vivieron como parásitos, cobrando un sueldo que pagamos todos, y que encima nunca se preocuparon por entender como funciona la economía de un país, y menos la del mundo.

Tampoco entendí el porqué de los abrazos a quien terminaba un discurso. Daba la sensación que era para quienes los veían por TV. O tal vez se paraban de una punta para felicitar al orador, para que éste registrase quienes lo abrazaban. No sé, parecía la reacción de un equipo de fútbol cuando festejan un gol. Triste además el aliento de algún diputado a los espectadores situados en la barra del recinto.

Por otro lado no me queda claro a quien responden. O a los ciudadanos que los votaron, o a quienes los pusieron en las listas. Se notó falta de independencia. Muchos discursos con argumentos más dirigidos a justificar su alineamiento, que a una convicción de ideas.

Y siguiendo con las ideas, se las extraño. Los argumentos se repetían como queriendo decir: “a fuerza de repetir los convenceremos”. Ninguno se sacó ventaja. Ni el oficialismo, ni la oposición en todas sus variantes. El país estaba pendiente de ellos, y nadie entró al recinto con intención de escucharse, y tal vez, solo tal vez, pensar en los argumentos del otro.

Después los celulares. Creo que deberían prohibir su uso dentro del recinto, a ver si se logra que se concentren aunque sea una vez al año en lo que tiene que decir el otro. Claro de esta manera no se podría negociar hasta último momento el voto en contra o a favor. Cambiar el voto minutos antes de la votación debe tener un valor diferente. Lástima que el cambio de voto lo pueda lograr una llamada, y no un discurso inteligente.

Es cierto que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, incluyendo como gobierno a los miembros del congreso. Pero más cierto es que el sistema de elección que hoy tenemos para los diputados, la lista sábana, no permite que el pueblo vote a quien quiere. Hoy a uno le puede gustar un candidato de una lista, y otro de otra, pero esta opción no existe. Es mentira como dicen nuestros políticos que para apoyar a un determinado gobierno, hay que votar la lista de legisladores que lo siguen. Para que un gobierno sea exitoso hay que acompañarlo con legisladores capaces que lo apoyen en algunas medidas, y en otras le hagan ver sus errores. Cuanta más mentes pensantes tengamos en el congreso, más favorecido se verá el gobierno, y por ende nosotros.

Votar una lista, donde el candidato le deba más a quien lo puso en la misma, y no a quien lo votó, no mejora la democracia. Al contrario, genera una burocracia de políticos que solo saben poner piedras en el camino, ya que para ellos no existe la realidad, pues no necesitan de ella para seguir cobrando sus dietas.
El hombre de carne y hueso. El que se levanta todos días, y sufre de los incómodos medios de transportes para llegar a su trabajo. El que lleva a adelante un negocio que tiene que enfrentar los vaivenes de la economía, y que no tiene poder de lobby. El que está desempleado, y tiene que pasar por la denigrante situación de pedirle al estado un plan social, teniendo a veces que resignarse a cumplir con los pedidos del puntero de turno, para no perder esa ayuda, la cual le corresponde como ciudadano, y que no es un beneficio conseguido por ningún político.

Todos ellos, y muchos más, se merecen un congreso que los represente. Que sepan que se deben para el pueblo, y no para los políticos.
Mientras esto no ocurra seguiremos viendo los debates de cuarta como el de hace dos semanas.

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